Elegante e impoluto, salió de su despacho para dirigirse al toilette y lavarse las manos. No había tenido contacto con otra persona pero sí con el teléfono y la agenda de su secretaria. Nadie en la oficina estaba presuntamente infectado, pero había manipulado demasiados documentos y no se sentía cómodo.
Abrió la puerta utilizando un pañuelo de papel descartable que también usó para abrir el grifo de agua caliente. Tras lavarse con abundante jabón y enjuagarse cuidadosamente las manos, notó que el dispenser de las toallas de papel estaba desarmado. El rollo colgaba indiferente y apático, apretujado por el último visitante, la boca del dispenser abierta y desencajada. Con desconfianza tomó el papel con la punta de sus dedos, lo estiró, cortó y desechó antes de tomar una buena cantidad para secarse. Mientras lo hacía echó un vistazo hacia al cristal, allá, varios pisos abajo, algunos automóviles estaban detenidos frente al semáforo y unos pocos, muy pocos transeúntes, caminaban sobre la senda peatonal. La gripe avanza, pensó.
Al salir se dirigió a la administración del edificio para solicitar que repararan o cambiaran, a la brevedad posible, el dispenser de papel. Le habían prometido que lo harían el viernes último, pero al parecer los de Valot no daban abasto. Seriamente, les advirtió que uno no extrema tantos cuidados como para andar tocando el papel húmedo y apretujado por otros, vaya a saber en qué condiciones.
De regreso en la oficina creyó oportuno pedir un café. Sin embargo, pensándolo mejor, se prepararía un instantáneo para evitar tomar contacto con la taza; no es que desconfiara de los cuidados del buffet del último piso, pero más valía prevenir que pescarse el virus. Junto a la máquina de la compañía que proveía el agua potable, cuidadosamente testeada, tomó una toallita antibacterial para volver a higienizar sus manos; buscó un vaso descartable, el café y un sobre de edulcorante para preparar la infusión. Agregó un poco de crema en polvo y buscó palillos descartables para revolver.
Cauteloso, introdujo el vaso bajo el pequeño grifo y dejó que un poco de agua caliente cayera dentro de él. Retiró el vaso y cuando se disponía a revolverlo se le deslizó entre los dedos, precipitándose en caída libre. Hubiera jurado que el puto vaso caía en cámara lenta, porque manteniendo su estado vertical y contra todos los preceptos de las Leyes de Murphy, vio como dio de lleno en el alfombrado mientras la carga, espesa y oscura, saltaba al espacio, ascendente, regando todo lo que le rodeaba: la máquina, el mueble de la kitchenette, sus zapatos y las dos piernas de sus pantalones. Grácil como un cisne, tras el impacto, el silencioso vaso de telgopor se recostó volcando el resto de su contenido.
Apresurado, buscó más toallitas higiénicas para quitar el café desparramado en sus pantalones, de las rodillas hacia abajo, y sus lustrosos zapatos. Maldiciendo, buscó un rollo de papel para absorber el líquido sobre la alfombra. Desistiría de prepararse el café por cuenta propia, tanto cuidado para nada, pero la sola idea de pedirlo a la cafetería le produjo escozor. Nuevamente, ahí vamos: otro vaso, café, edulcorante, los palillos…
Cerré la puerta de mi despacho, me senté y miré mis zapatos. Abrí un cajón, retiré otra toallita antibacterial para frotar enérgicamente mis manos, y agendé mentalmente: “martes, tintorería”. Volví a mirar mis zapatos, brillaban. No están nada mal, por suerte.

